consentimiento mujer tumbada en la cama

Consentimiento Vs. Deseo

«Jamás podría violar a una mujer»

Ante el discurso feminista (que  solemos interpretar como generalizador e injusto) los hombres solemos replicar con este tipo de máximas lapidarias y, sin embargo, mientras besamos y acariciamos a nuestras novias no somos capaces de ver ni comprender siquiera qué problema puede haber en intentar meterlas mano por la entrepierna una segunda vez después que, en un primer intento ya nos bloquearan el paso y nos retiraran la mano de la zona. Porque claro, (pobrecitos de nosotros) no entendemos «¿¡qué habrá podido significar ese extraño gesto!?»). ¿Dónde está ahí el consentimiento o nuestro respeto ante la ausencia de él?

Cuando nos dicen claramente «para quieto, no me apetece» y no dudamos en intentar hacerlas cambiar de opinión a base de insistir, rogar y suplicar «va, jolín, apiádate de mí, que hace mucho que no lo hacemos y mira como me tienes», o tiramos de chantaje emocional tipo: «¿es que ya no te gusto?» ¿en qué quedan esas frases con las que tanto se nos llena la boca?

Pero no: «Jamás podría violar a una mujer». Porque nosotros no somos unos “enfermos” ni unos “locos“, ni tampoco uno de esos “monstruos” capaces de asaltar a una chica en un callejón para hacerle lo que a Bellucci en la película Irreversible. No. Nosotros somos más, digamos… sutiles. Más del tipo de violador que sigue adelante, ignorando la ausencia del menor atisbo de deseo o placer por parte de sus novias y decide penetrarlas a pesar de sus evidentes señales corporales de rechazo e incomodidad. Somos más de ese otro tipo de violador: desenfadado, tranquilo, amable del corto Je suis ordinaire de Chloé Fontaine, que ha sacudido una profunda controversia en España tras ser viralizado por la actriz Leticia Dolera:

Y eso, es lo que hacemos a las mujeres que (se supone) queremos y respetamos. ¿Qué no haremos a esas otras desconocidas del pub a las que ya, directamente, miramos como objetos sexuales. Esas mismas de las que sistemáticamente decimos que «se visten como unas zorras nada más que para provocarnos» y que, si nos rechazan creemos que será por «no sentirse unas guarras» cuando en realidad «lo están deseando». Esas que «pierden su dignidad» si se acuestan con muchos tíos o con los que nosotros no consideramos apropiados, o si lo hacen de buenas a primeras; las mismas circunstancias que, en nosotros, sirven para medir nuestro triunfo como “machotes“. Resulta que «jamás podríamos violar a una mujer». Ninguno de nosotros. Nunca. Pero un reciente estudio psicológico evidencia que el porcentaje de hombres que se confiesan capaces de violar en caso de que sus actos nunca fueran a tener consecuencias es más que significativo. ¿Cuántos hombres de la muestra harían lo mismo pero no tuvieron el valor para reconocerlo ante los investigadores o ante sí mismos?

Ya es hora de que los hombres dejemos de repetirnos mantras y empezamos a ponernos las pilas; empezando por reconocer que todos hemos sido (en mayor o menor medida) educados para comportarnos como violadores para así poder empezar a poner soluciones a nuestras actitudes tóxicas. Porque sucede que, cuando uno de nosotros no tiene escrúpulos en violar para poder follar, no van a ser pocas las mujeres que pueden convertirse fácilmente en nuestras víctimas. Hay cantidad de mujeres que, igual que nosotros, han interiorizado la cultura machista y por tanto no van a ser capaces de conceptualizar ese tipo de “experiencias desagradables” tan cotidianas, como lo que realmente son: violaciones invisibles. O que, en el peor de los casos, gestionarán lo sucedido a través de la culpa: «Yo misma me lo busqué por beber tanto», «No debería haberle calentado si no estaba dispuesta a llegar hasta el final ¿Cómo iba a dejarle así?».

Buscando la raíz oculta en el lenguaje

Pero ¿cómo puede ser que haya un desconocimiento tal entorno a qué es violación y qué no lo es, no ya en el bando de los potenciales agresores, sino entre sus potenciales víctimas?

Si aceptamos la premisa de que «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» (Ludwig Wittgenstein) bastaría con echar un vistazo al diccionario de la RAE para apreciar sus inestimables contribuciones a la Cultura de la Violación,  definiendo aún (año 2017 d.C.) violar como:

“2. tr. Tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad o cuando se halla privado de sentido o discernimiento”.

De entrada, resulta profundamente erróneo poner el foco de atención sobre un constructo tan limitado como es el “acceso carnal”, vinculado jurídicamente con el hecho de «penetrar un ‘orificio natural‘ con un ‘órgano genital masculino‘» (plus de cisexismo). Quizás esta distinción tuviera sentido en siglos anteriores, sobretodo si tenemos en cuenta que las leyes contra la violación no fueron concebidas para proteger a las mujeres de las agresiones sexuales, sino a los hombres de clase alta (recordemos que no existían métodos anticonceptivos seguros, que la interrupción del embarazo era pecado, y la importancia social que se daba al linaje y la forma le afectaba el hecho de tener hijos bastardos).

Sin embargo, desde que comenzamos a hablar de Derechos Humanos, tal diferenciación resulta entre ridícula, innecesaria y profundamente dañina: una persona que es penetrada con los dedos (o con algún objeto) o bien es masturbada a la fuerza está sufriendo una invasión ilegítima de su cuerpo y viendo violentado su derecho a la integridad sexual de forma idénticamente grave. Aunque estos matices no tienen nada de baladíes, voy a prescindir de ellos asumiendo un escenario donde exista, efectivamente, una “penetración con un pene” para seguir avanzando.

Las zonas grises

La mayor problemática que generan los conceptos mal definidos radica, precisamente, en lo que sucede en sus zonas grises: ¿Qué implicaciones tiene ese “en contra de su voluntadexactamente?

¿Basta con evidenciar una actitud tácita de rechazo, o es necesaria una comunicación expresa de tal voluntad? ¿Basta con la comunicación verbal, o también es imprescindible la actitud de intentar repeler activamente dicho contacto no deseado? No es posible saberlo. Y como sucede siempre que existe un vacío semántico, quedará supeditado a la libre interpretación de cada cual, donde además todas las interpretaciones serán (a priori) igualmente válidas. Si ni siquiera las juezas del juzgado de violencia sobre la mujer de Vitoria tienen esto claro, ¿cómo lo van a tener los agresores sexuales?

Veamos algo aún mucho más complejo: ¿Qué significa hallarse “privado de sentido”? La consciencia humana (y no hablemos ya el “discernimiento”) no existe como un estado absoluto, binario y estable. Ese “sentido” es más bien un continuo gradual que experimenta ondulaciones naturales y se ve afectado por diversas situaciones que nos impactan internamente; así como por el consumo de sustancias externas. Así pues ¿qué sucede cuando la voluntad está sólo parcialmente ausente? ¿Qué sucede cuando la persona está bajo unas determinadas circunstancias tales que no puede ejercitar su voluntad real en ese momento?

Encuentre las diferencias entre sexo conseguido a traves de violencia psicologica y violacionViviendo en una sociedad patriarcal y partiendo de conceptos tan fallidos dentro del diccionario “oficial” de esta nuestra lengua, empieza a parecer lógico que, para muchas personas lo que sucede en esos casos sea “otra cosa“. Pero tampoco nos engañemos; ese posicionamiento nunca está exento de cierto cinismo oportunista: La mayor parte de los hombres que se niegan a reconocer estos hechos como una forma de violencia sexual (y por tanto también como un delito) son perfectamente capaces de reconocer (o cuanto menos de intuir) que hay algo malo en hacerlo en esas condiciones o bien resulta moralmente reprobable. Tiramos balones fuera precisamente cuando nos vemos reflejados, pero no queremos admitir la posibilidad de haber violado en alguna ocasión. Y probablemente también porque nos negamos a renunciar la oportunidad de echar un mal “polvo” si se nos presentara una ocasión similar en el futuro, anteponiendo nuestra satisfacción egoísta frente a la posibilidad (más que factible), de infligir un daño físico o psicológico a la mujer que tengamos en frente en ese momento. Lo cual ya dice bastante de nosotros como género.

Mientras nuestros gobiernos se han limitado a dar consejos a lasNo es no, pero #lascosasclaras desde el principio, así que si agreden a la mujer es culpa suya por no haberlas dejado suficientemente claras o haberse atrevido a cambiar de opinión mujeres para evitar ser violadas, han tenido que ser ellas mismas quienes se pusieran al frente de esta revolución (tan necesaria y urgente) consistente en reconceptualizar la violación para que signifique algo tal que: «Toda aquella práctica sexual que tenga lugar en ausencia de CONSENTIMIENTO» y quienes están invirtiendo denodados esfuerzos por hacer toda una pedagogía social basada en la dimensión ética de dicho consentimiento.

¿En qué consistiría un consentimiento sexual pleno?

  1. ES LIBRE: Elegido voluntariamente SIN presión, coacción o chantaje de ningún tipo (incluido  uno de los más sutiles pero también de los más habituales: el emocional) y, por supuesto, estando en un estado físico y mental perfectamente lúcido. También hay que tener en cuenta que existen determinadas circunstancias bajo las cuales la “libre elección” puede verse comprometida (a menudo incluso de forma inconsciente). Uno de los ejemplos más claros lo tenemos en las relaciones jerárquicas de poder (laborales, académicas, por diferencia de edad, etc). Si en muchas empresas e instituciones se prohíbe de forma expresa (y penaliza gravemente) mantener relaciones sexuales con subalternos, alumnos, etc es por el riesgo inherente de que dicha relación de poder haya podido condicionar la obtención de consentimiento de cualquier modo, o bien que la persona que está en posición de superioridad haya podido utilizarla deliberadamente para tal fin.
  2. ES AFIRMATIVO: Sólo hay consentimiento en tanto en cuanto este sea expresado de forma positiva, explicita y concordante (el lenguaje corporal y no verbal tienen aquí tanta importancia como el verbal). Es decir, la opción “por defecto” será siempre “NO”, salvo en aquellos momentos concretos en que se especifique lo contrario. El consentimiento expira y es necesario “renovarlo” cada vez, pasando de nuevo por todo el proceso. Por tanto, no existe circunstancia alguna que permita presuponerlo o darlo por sentado, ni suceso capaz de sentar ninguna clase de precedente. Incluso (esto debería ser obvio) dentro de una relación sentimental; ya que salir con alguien no significa extenderle un “cheque en blanco”. Tampoco existen “deudas” de sexo. El hecho de “prometer” sexo futuro sólo es una manifestación del deseo que se siente en el momento de pronunciarlo pero que, llegado el momento, carece de valor real.
  3. ES ESPECÍFICO: Se otorga para una práctica concreta, no siendo válido, extensible ni extrapolable a cualquier otra; al menos sin pasar nuevamente por todo el proceso (puede sonar tedioso, pero recordemos que esto puede suceder en apenas segundos y sin necesidad de mediar palabra).
  4. ES CONSENSUADO: No sólo es importante pactar la práctica sexual en si misma, sino también las circunstancias que la rodean: el cómo, cuándo, dónde y, en general, cualquier circunstancia que pueda condicionar la decisión de consentir. Por ejemplo: el uso (o no) de métodos anticonceptivos/profilácticos, la puesta en conocimiento de la existencia de ETS, grabar la relación sexual, etc.
  5. ES REVERSIBLE: La persona siempre tiene reservado el pleno derecho a retirar su consentimiento de forma parcial o total en cualquier momento y (muy importante esto) sin sufrir ninguna consecuencia derivada de su cambio de parecer, ni tener la menor necesidad de justificarse o dar cualquier tipo de explicación a la otra parte (si no desea hacerlo).

¿Qué es TODO aquel acto sexual que no cumpla con TODOS estos requisitos simultáneamente?
Una violación. Así de simple.

¿Es adecuado el término “consentimiento”?

Muchas veces me he preguntado: ¿Por qué a la gente le cuesta tanto entender las implicaciones del “consentimiento” tal como lo concibe el movimiento feminista? ¿Por qué es necesario matizarla añadiéndole otras cinco palabras que expliquen todo lo que se explica en el punto anterior?

Aquí es donde, nuevamente, se puede estar produciendo un error semántico de base provocado por las raíces lingüísticas y funcionales del lenguaje.

Consentimiento (RAE):

1. m. Acción y efecto de consentir.
2. m. En los contratos, conformidad que sobre su contenido expresan las partes.
3. m. Der. Manifestación de voluntad, expresa o tácita, por la cual un sujeto se vincula jurídicamente.

La segunda acepción se acerca bastante, pero tiene un grave problema: se vincula directamente su uso al ámbito de una relación comercial o mercantil, un registro que se ve amplificado por la tercera acepción, que introduce el concepto de “vinculación jurídica”. Los contratos pactados en dichos contextos implican una especie de “garantía de cumplimiento” e incluso suelen contemplar algún tipo de sanción, en caso de que alguna de las partes pretenda desvincularse de lo acordado. Al volver al campo de las relaciones sexuales, dicha “vinculación” atentaría directamente contra el pilar fundamental del derecho a retirar el consentimiento en cualquier momento y sin consecuencias.

Pero la cosa se complica aún más allá si rastreamos el significado del verbo de la primera acepción: Acción y efecto de consentir:

Consentir (RAE) Del lat. consentīre:

1. tr. Permitir algo o condescender en que se haga. U. t. c. intr. [condescender (RAE): Acomodarse por bondad al gusto y voluntad de alguien]
2. tr. Der. Otorgar, obligarse.
3. tr. Der. Arg. Acatar una resolución judicial o administrativa sin interponer contra ella los recursos disponibles.
4. tr. p. us. Dicho de una cosa: Soportar, tolerar algo, resistirlo.

A mí, personalmente, los significados mentales a los que nos remite esta palabra me producen escalofríos porque no van, para nada, encaminados a ser un acto espontaneo e impulsado por un deseo libre y consciente, sino más bien al contrario, a esas relaciones conseguidas a través del desgaste y la claudicación de una de las partes. A ese acabar “dejándose hacer” por temor a alguna consecuencia, o incluso a ese resignarse a complacer con desgana porque es “lo que toca“.

Un nuevo término basado en el deseo entusiasta

Mantener relaciones sexuales no es equiparable a esas otras naderías cotidianas que no nos apetece hacer, pero en las que acabamos pasando por el aro por convención social. No estamos hablando de insignificancias, como que te apetezca mucho ir a la pizzería pero acabes “consintiendo” a regañadientes llamar al chino porque a tu pareja se le antojó cenar en casa y, después de todo, «alguno de los dos tenía que acabar cediendo». Esto es muy sencillo: si la persona que tienes enfrente no desea tener sexo con los cinco sentidos entonces, simplemente, déjala en paz. Ya sucederá en otra ocasión (si es que tiene que ocurrir). Y si no sucede, pues tampoco pasa nada. Ya habrá otras personas.

Es que aún diría más: sucede que, si la persona que tienes enfrente no disfruta de lo que se está haciendo, entonces ni siquiera es sexo, es algo así como masturbarse utilizando el cuerpo de otra persona como quien podría usar una vagina de látex, una muñeca hinchable o un melón.

Las relaciones sexuales deben ser siempre ENTUSIASTAS porque si los dos (o todas las partes implicadas, quiero decir) no ARDEN metafóricamente en DESEOS y de GOZO, disfrutando el momento de igual a igual, entonces… ¿qué sentido podría tener?

No soy quién para decidir (doctoras tiene el feminismo) pero quizás, si queremos transformar las dinámicas de pensamiento para cambiar el desolador paisaje de abusos sexuales silenciados, haya llegado ya el momento de prescindir de un término tan pasivo, mercantil y contaminado por sus múltiples contradicciones, y acuñar uno que realmente exprese ese concepto activo, propositivo, placentero, libre y apasionado que siempre debería involucrar el auténtico sexo:

NO ME PREGUNTES SI CONSENTÍ, PREGÚNTAME SI DESEABA.

4 comments

  1. Hola! Me ha gustado mucho tu entrada y no puedo estar más de acuerdo con ella. Ya no es sólo todo lo que apuntas, es que, más allá del hecho de que haya o no deseo, pensar en el sexo como algo que la mujer “consiente”, a mi modo de ver, perpetúa la imagen del hombre como sujeto activo de deseo y la mujer como objeto pasivo del mismo.

    No tengo nada más que añadir, me temo. Comparto esta entrada, y te seguiré leyendo.

    Un saludo.

  2. Jesus, te das cuenta de lo que has dicho?
    Tan difícil e imposible te parece actuar solo cuando una mujer consienta/desee tener sexo, que crees que en el futuro en lugar de tener una conexión libre y adulta con una mujer; los hombres van a preferir meterla en un robot?
    Y vamos, ya en lo de considerar el consentimiento/deseo como un “pleito”… ya ni entro. Qué pena.

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