¿Dónde está la mujer? Cuotas ya

Sobre cuotas y falsa meritocracia

Las personas que ostentan cargos de poder y/o responsabilidad (ya sea en empresas privadas o en administraciones públicas)… ¿son siempre las más capacitadas y adecuadas para el puesto?

Pues depende.

Si preguntamos a cualquier trabajador/funcionario raso por lo que (bajo su propia experiencia) ha observado durante años en su centro de trabajo, la respuesta tiende a ser un sonoro y rotundo NO. De hecho, es más que probable que nos encontraremos con todo lo contrario: que muchos sean señalados como incompetentes autoritarios, carentes del menor atisbo de sentido común y, cuya principal función ha sido la de entorpecer la labor del resto de la plantilla mientras fingen hacer algo para justificar su sueldo: «cualquiera podría hacerlo mejor que Fulanito; hasta un mono con un [inserte aquí objeto pertinente según profesión]».

Sin embargo, si estuviéramos hablando de la necesidad de introducir cuotas en dichos puestos de poder o responsabilidad para mujeres (personas con diversidad funcional, minorías étnicas, o cualquier otro colectivo discriminado socialmente de forma estructural) la reacción es sospechosamente distinta.

Argumento falaz y contradictorio

No sé si se habrán dado cuenta, señores que opinan de todo, pero al defender que un trabajador que entra “por cuota” le está “quitando” el puesto a alguien de mayor valía, lo que se está afirmando (implícita e indirectamente) es que aquellos que entrarían en caso de no existir cuotas (situación actual) son —efectivamente— los más aptos y mejor capacitados; algo que choca frontalmente contra nuestra propia (y triste) realidad observada.

La realidad; es que hay demasiados (hombres blancos cisheteros) incompetentes en los mandos intermedios, consejos de administración de empresas y cargos públicos porque quienes les eligieron (a dedazo) o les seleccionaron (de entre un conjunto de candidatos) eran, (oh, sorpresa), otros hombres blancos cisheteros igual que ellos. Es decir, fueron elegidos por SER lo que son. Paradójicamente, el mismo argumento que los detractores de la implantación de medidas de equidad emplean de forma falaz.

Así pues, la pregunta que deberiamos hacernos es ¿Por qué en condiciones normales los seres humanos tendemos a elegir a personas de nuestro mismo grupo social?

Sesgos cognitivos y Prejuicios

Tanto en el trabajo como en la vida, tendemos a preferir rodearnos de personas de nuestros mismos grupos de pertenencia porque, aún sin conocerlos, confiamos más en ellos que en las personas que pertenecen a grupos que nos resultan ajenos o desconocidos.

Aquí cobran especial relevancia los prejuicios. Aunque diluido, el ideario machista sigue plenamente vigente en el discurso social. Por ejemplo: Las creencias sobre que las mujeres no son competentes para realizar trabajo físico ni intelectual, porque la suyo es la esfera emocional y las labores domésticas (especialmente la crianza). Emparejado a su vez a la creencia de que, aunque por lo general puedan ser válidas como cualquier otro responsable, en algún momento sus emociones (especialmente durante el periodo) se convertirían en un obstáculo a la hora de tomar decisiones importantes. Luego tenemos las creencias sobre que su prioridad vital siempre va a ser la formación de una familia, en lugar de desempeñar un oficio buscando la excelencia y llegar a las más altas cotas del mismo. Y mejor no hablar de la creencia previa de que una mujer que promociona en su trabajo siempre lo hace en base a la corrupción de ganarse el favor de las personas adecuadas a base de ofertar favores sexuales. Y así podríamos seguir.

Las cuotas no serían necesarias en un sistema donde los criterios de selección fueran real y absolutamente objetivos. Es decir, si analizásemos los currículos, aptitudes profesionales, actitudes necesarias para el puesto, etc sin conocer en ningún momento el género, la orientación sexual, el color de piel, la procedencia de los candidatos o el resto de sus capacidades físicas o mentales que exceden a lo académico o lo laboral.

Pero por motivos obvios esto resulta impensable actualmente, de modo que —desde la escuela hasta la entrevista de trabajo— todas las personas que debían evaluar, calificar y seleccionar han ido proyectando sus filias y fobias: Sus prejuicios y sesgos. En algunos casos, esto sucede de forma tan evidente que todas las partes implicadas (y hasta los espectadores) son perfectamente conscientes de ello y otras en cambio, se realiza a través de un sutil autoengaño (involuntario e inconsciente) que guarda las apariencias de neutralidad cuando, lo cierto es, que determinadas opciones se han visto lastradas por el mero hecho de su condición. Así pues, todo el proceso de decisión ha sido gravemente contaminado por variables que nada tenían de racionales ni objetivas y sí mucho de emocionales y subjetivas.

Falsa meritocracia = Nepotismo machista

Por ello, es imposible debatir sobre las políticas de equidad sin desmontar previamente la gran estafa montada entorno al discurso neoliberal:

Quienes están no siempre son los mejores.
Los mejores no siempre están.

Y quien diga lo contrario es un ignorante de la sociedad en que vivimos o miente, seguramente porque es (o cree que podría ser) beneficiario de dicha mentira. Que no lo disfracen de justicia.

Las cuotas no permiten que se “cuelen” personas menos capacitadas por el mero hecho de su condición, sino que impiden que determinados favoritismos basados exclusivamente en la pertenencia al grupo hegemónico le quiten el puesto a personas más válidas que sin embargo, pertenecen a grupos discriminados. Las cuotas elevan la competencia porque al único al que perjudican, es al hombre mediocre.

La endogamia es empobrecimiento

Dicen que nuestro sistema es una Democracia representativa. Dejando a un lado lo dudoso de que nuestros dirigentes representen realmente la voluntad del pueblo (en lugar de sus propios intereses), nos topamos antes con una realidad objetiva y contrastable: la sociedad es más heterogénea en cuanto a género, etnias, orientación sexual, y clase social de lo que lo es el grupo de personas que se sientan en los sillones a representarla. Es decir, si las mujeres son la mitad de la sociedad (el 50,9%, más exactamente), parece lógico que también la mitad de los escaños del congreso de los diputados, senado, los diferentes tribunales de justicia, etc fueran ocupados por mujeres. Y así respectivamente con el resto de grupos minoritarios y/o invisibilizados. Nuevamente, la realidad observable es muy diferente: ¿Dónde están las mujeres?

Y esto es un problema, porque los varones blancos cisheteros de clase alta piensan como… (adivinen) ¡varones blancos cishetero de clase alta! Parece algo obvio, pero por lo visto no lo es tanto: Solemos quejarnos continuamente de las decisiones y métodos que emplean nuestros políticos, pero nos falta la altura de miras suficiente para ver que (quizás) ese estilo de hacer política es, en realidad, el único que un hombre blanco cishetero occidental de clase alta es capaz de desarrollar.

Al limitar el espectro humano de la esfera política estamos empobreciendo el espectro de mundos posibles, condenándonos a repetir, una y otra vez, los fallos del modelo actual. Quizás sería refrescante que en las filas de las formaciones políticas de todos los colores entrasen personas de “culturas” distintas, con experiencias compartidas distintas a la nuestra, que puedan aportar enfoques, matices, puntos de vista, soluciones (y ¿por qué no? también defectos) diferentes a los que estamos ya cansados de ver y sufrir.

Señoros que pertenecemos a todos los grupos sociales hegemónicos y privilegiados: dejemos de resistir a la lucha feminista y boicotearla . Nadie puede vivir de espaldas a la realidad. Ni un individuo, ni mucho menos un país entero: Las cuotas son necesarias. Es más; las cuotas son positivas para todos, porque son positivas para la sociedad en su conjunto.

La imagen de portada es un fragmento de una de las imágenes de la campaña “Can you find her?” de ONU MUJERES para concienciar sobre la brecha de género. (vía infobae)

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