No generalices, jopeta

Si… ya… lo sabemos. Esas chicas malas feministas han dicho que «los hombres nos violan». Comprendo, comprendo: tú jamás podrías violar a una mujer y por eso te molesta tanto que te metan “en el mismo saco“. Es más, no contentas con eso, cuando te has acercado educadamente a explicarles su error diciendo «no generalices, jopeta» lo único para lo que ha servido, es para que se rían de ti y te llamen machirulo. ¡Tamaña injusticia, recorcholis!

¡Pooobre! Venga… ya pasó. Ea, ea. ¿Ya estás más calmado? ¿Si? Bien Pues ahora toma un pañuelo. Suénate esos mocos, abre un poquito tu mente y escucha con atención ¿vale? Te voy a contar un cuento que te ayudará para que, la próxima vez que suceda, no tengas la necesidad de comportarte como un niño malcriado y retratarte ante más mujeres como un cretino integral. Que ya vas teniendo una edad, diantre.

¿Mismo esquema?

(1) Algunos gitanos roban.
(2) Conoces a una persona de etnia gitana y, sólo por ese motivo, presupones de ella que es un ladrón/a.
(3) La persona gitana percibe tus recelos y te encara diciendo: «oye, no todos los gitanos somos iguales, ¿sabias?».

(1) Algunas personas maltratan a los animales por diversión.
(2) Ante la difusión de las imágenes de un espantoso caso reciente, una defensora de los derechos de los animales proclama enfurecida que «somos un asco de especie que tortura al resto de especies por mera diversión».
(3) ¿Tendría el más mínimo sentido que encarases a la activista diciendo que «no todos los humanos son iguales», explicando que tú nunca podrías hacerle eso a un animal y que incluso reciclas y todo eso?

Quiero pensar que no lo harías, porque sino significa que eres más tonto de lo que me imaginaba, pero NO; en cualquier caso sucede que no es el mismo esquema y, en realidad, si te fijas un poco, verás que (de hecho) son procesos dialécticos diametralmente opuestos:

Prejuicios Vs. Generalizaciones

En el primer caso estamos ante un prejuicio. Esto sucede cuando alguien juzga sin conocer (es decir: de forma previa) a otra persona, proyectando sobre ella una (presunta) realidad social de carácter general que (supone) representativa de su raza/etnia, color de piel, religión, género, orientación sexual, clase social, capacidades físicas o psíquicas, etc. E igual que sucede cuando una lupa proyecta y concentra los rayos del sol sobre un único punto; los prejuicios queman. De hecho, creo que los Derechos Humanos y las Constituciones dicen algo acerca de discriminar a personas en base a cualquiera de los citados rasgos personales.

En el segundo estamos ante una generalización. No se ha juzgado a nadie, sino que se ha pretendido elevar una suma de realidades concretas con la intención de establecer una realidad general que se supone representativa de un grupo de seres vivos. En nuestro ejemplo: el hecho de vincular a toda nuestra especie con los actos de maltrato sádico a los animales no implica atribuir dicha conducta a todos y cada uno de los individuos de nuestra especie. Es más, resulta obvio que la activista que enuncia la frase no se va a sentir participe de forma activa de tal conducta y, de todos modos, se autoincluye en el grupo opresor al generalizar a los humanos. ¿Te dice eso algo?

La verdadera diferencia.

Si una generalización te hace ponerte a la defensiva, es porque has decidido personalizarla pese a que —como hemos explicado antes— la acusación no iba dirigida a ti (ni a nadie en particular). Y como persona que pertenece a ambos grupos hegemónicos y opresores (especie humana y género masculino) la razón por la que decides personalizar algunas generalizaciones y no otras, es que tu reacción depende directamente de que te haga sentir interpelado, es decir, que te haga sentir que deberías tomar partido, hacer algo al respecto. Tú (personalmente). Lo que sea. Pero algo.
Te ofendes  o, mejor dicho, te haces el ofendido cuando no crees que exista tal injusticia o bien la percibes como algo lejano y ajeno a ti. Quieres creer que no es tu problema porque no piensas hacer nada. Así de simple. Y, quizás no era eso lo que pretendías expresar, pero te aseguro que así es exactamente como eres percibido cada vez que te haces el ofendidito por una generalización cuando, al otro lado, hay mujeres denunciando que han sido violadas. Piensa a ver: ¿dónde te dejaste olvidada tu empatía?

Si por el contrario, la generalización te hace sentir interpelado es porque aceptas que aquello que el oprimido denuncia es cierto: reconoces que existe tal injusticia y que además no es un caso aislado, sino que sucede con demasiada frecuencia. (Si es que la tienes), tu brújula moral te dirá entonces que debes hacer algo al respecto y, aunque tú no seas participe directo, no te cabrá ponerte a la defensiva porque serás perfectamente consciente de que quienes sí que cometen tales agresiones, son tus semejantes. No te valdrá callar, ni tampoco ponerte de perfil o saltar al cuello del oprimido con un NotAllMen™ (en vez de a la yugular de los agresores sexuales que son quienes ensucian la imagen pública del colectivo hegemónico al que perteneces) porque sabes que estarías siendo cómplice con tu silencio, con tu actitud pusilánime, o con tu connivencia.
«Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada» (Edmund Burke)

Si te permites el lujo de reflexionarlo con honestidad comprobarás que, al final, la verdadera diferencia gravita entorno a una simple cuestión de CORESPONSABILIDAD interna. La pregunta clave es: ¿en qué lado vas a querer estar tú?

¿Cuándo es legítimo generalizar?

OK, lo he pillado. No debo ponerme a la defensiva cuando se generalice a los hombres, pero entonces ¿por qué a las mujeres, los homosexuales, etc les molesta tanto ser generalizados y, sin embargo, cuando lo hacen estos colectivos nadie les critica? #DobleRasero

Pues verá, señoro. Aunque a usted se lo parezca, no hay ninguna doble vara de medir aquí, es sólo que —por irónico que resulte— no todas las generalizaciones son iguales (NotAllGeneralizations) y por lo tanto, no es lo mismo generalizar desde uno u otro lado de las relaciones de opresión (twitazo). La clave, consiste en diferenciar cuando esa “realidad social” que se está pretendiendo “elevar” como general es realmente representativa de un colectivo/grupo social y cuando se basa en simples estereotipos, es decir: en exageraciones capciosas y/o percepciones distorsionadas por los prejuicios de quien mira.

Cuando al estudiar la realidad de un fenómeno se evidencia la existencia de un PERFIL asociado a un determinado rasgo personal la generalización es legítima. Cuando no es así (o bien carecemos de datos para respaldarla) la generalización es injusta y lo que hace es crear un discurso social falaz que reproduce y fija en el ideario colectivo los diversos prejuicios indeseables contra colectivos oprimidos, perpetuando la opresión y/o exclusión social que ya sufrían de antemano. Dicho esto, no cabe equiparación posible entre ambos tipos “generalizaciones” aun cuando, aparentemente, se trate de la misma conducta. Para comprobarlo, no tenemos mas que recuperar nuestro primer ejemplo y hacer una simple pregunta invirtiendo los términos:

De entre todas las personas que roban… ¿Qué porcentaje real representan los gitanos? Personalmente carezco de datos pero, teniendo en cuenta que lo mismo se dice de los inmigrantes latinos, y de los europeos del este, y de los de origen magrebí y —antes de la llegada de todos ellos— se decía lo mismo de los drogadictos autóctonos y de un buen número de tribus urbanas de origen nacional… en fin, parece lógico que si tenemos que creernos todas las generalizaciones al mismo tiempo, por fuerza el porcentaje que representa cualquiera de dichos colectivos de forma aislada ha de diluirse bastante. Por no mencionar que, el fraude fiscal, la evasión de impuestos, la malversación de fondos y todos esos delitos económicos tan propios de los españolitos “de bien“, son formatos diferentes del mismo tipo de delincuencia. De modo que, seamos honestos: el fenómeno del robo no tiene un perfil étnico definido y, por ese motivo, atribuir una mayor delincuencia entre el colectivo gitano es una muestra clara de estereotipos.

Sin embargo: De entre todas las especies que torturan y maltratan a otras especies (e incluso a otros individuos de las suyas propias) por mero sadismo y/o diversión… ¿Qué porcentaje real representa la nuestra? Exacto, el 100% son humanos. Ya puede ser la cantidad de humanos torturadores el 0,1% del total de habitantes sobre la tierra que, el hecho, es que para el fenómeno enunciado sí existe un PERFIL claro y definido. Y si no nos gusta (y es comprensible) cómo dicho perfil nos retrata en la fotografía de grupo de todas las especies que pueblan La Tierra, quizás deberíamos hacer algo al respecto de nuestros congéneres, los torturadores.

¿Por qué son importantes las generalizaciones legitimas?

De entre todas las personas que violan ¿Qué porcentaje son hombre? El 99%. De modo que, por más que algunos neomachistas repitan hasta la saciedad el mantra de «la violencia no tiene género» no van a conseguir la realidad se amolde a sus deseos porque, el estudio contrastable del fenómeno de la violencia sexual (y de otros tipos como la VdG) evidencia una y otra vez que existe un perfil claro y definido de agresor: el género masculino y de víctima (el femenino).

La generalización (cuando es legítima) cumple una doble función:

(A) La retórica de la existencia de un “nosotras” (las víctimas) frente a un “ellos” (los agresores) es un requisito previo para el empoderamiento de cualquier colectivo oprimido, ya que crea la cohesión interna imprescindible para poder luchar frente a las injusticias de forma colectiva, en lugar de hacerlo de forma aislada. Miren a la lucha de clases, al movimiento por los derechos civiles, el sufragismo, la lucha por el matrimonio homosexual o cualquier otro que consideren admirable y verán que esa misma retórica es una constante donde sólo cambia el sujeto.
Al mismo tiempo —como ya explicamos— esta retórica es también un llamamiento a la empatía para que aquellos que estando en el lado del grupo opresor se conciencien y tomen partido por la justicia social. Su papel es importante (aunque nunca crucial) porque podrán utilizar sus privilegios para llevar la lucha hasta rincones oscuros donde no será fácil acceder de otro modo. Además, a los activistas por la causa, les permite diferenciar de forma rápida al no-concienciado/enemigo (el ofendidito de turno) del aliado potencial.

(B) Pero lo realmente valioso, no es la generalización en si misma, sino la información que aporta a la hora de explicar el fenómeno y comprender por qué sucede y cómo funciona.

Si el 99% de los violadores son hombres, no parece demasiado osado afirmar que hay algo podrido entorno a la masculinidad. Si además observamos el funcionamiento social de dicho grupo social desde una perspectiva sociológica, observamos que tras de esta forma de violencia siempre hay una ideología supremacista (machismo) y unas estructuras sociales (patriarcales) que explican perfectamente por qué quienes la ejercen son siempre hombres y las motivaciones reales que hay detrás: la dominación, el control, el sometimiento, la humillación, etc de otro grupo social: las mujeres. Por el mero hecho de ser mujeres.

Cuando estudiamos el fenómeno en profundidad, también observamos que los casos más graves (y por tanto más visibles) son también los menos frecuentes y que, un escalón por debajo, hay formas de violencia sexual más sutiles pero al mismo tiempo más frecuentes. Y así hasta que llegamos a formas de microacoso sexual (como los piropos callejeros) que aparentemente son inofensivas porque están culturalmente tan normalizadas que apenas son percibidas como lo que realmente son.
Esta pirámide vendría siendo un resumen de lo que las feministas llaman Cultura de la Violación. La violencia sexual es una escalada, y sólo unos pocos llegan hasta la cumbre, pero ello es posible gracias a que todos los individuos del grupo opresor incurren en las formas mas sutiles, creando el caldo de cultivo favorable.

Y por último, pero no por ello menos importante, sucede que proponer soluciones a un problema sin comprender sus causas subyacentes y su funcionamiento es, literalmente, «como el que tiene tos y se rasca los genitales».

No podemos poner soluciones efectivas para atajar el fenómeno si creemos erróneamente, que ambos géneros lo sufren por igual. La feminización de la víctima es tan crucial que sucede incluso cuando el abuso tiene lugar entre hombres y se incrementa sensiblemente en entornos, como el carcelario, donde no existe posibilidad material de abusar de mujeres.
Nunca podremos poner soluciones políticas contra el abuso sexual si creemos que quienes lo cometen son “locos”. Básicamente porque no es cierto. (¿Cuantas de las personas que violan tienen trastornos psiquiatricos?) Son hombres corrientes, sanos hijos del patriarcado que, debido a la educación que hemos recibido, se creen con el derecho a disponer del cuerpo de las mujeres a su antojo.

Y curiosamente, los mismos que desacreditan el discurso feminista nunca son capaces de aportar ni una sola explicación alternativa medianamente plausible sobre por qué se producen o cómo podemos atajarlas, más allá de vaciedades como la “educación” y el castigo al que ya la ha cometido. Quizás sea porque quienes no quieren escuchar es simplemente porque no quieren que el problema se solucione. Piensen en ello la próxima vez que se sientan “injustamente criminalizados” por ser hombres.

Imagen de portada: Dolor (Marjan Apostolovic para iStock)

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