Ejercito feminista

Las reinas del 8 de marzo

Ayer a medio día buscaba en el fondo del armario del baño un neceser con pintauñas. Y mientras rebuscaba iba pensando que las mujeres eran a la historia lo que los peones a una partida de ajedrez: sujetas a movimientos parcos, necesarias, pero a menudo sacrificadas en favor de una figura más relevante, y sin embargo peligrosas si sobrevivían.

Esquivando los esmaltes resecos, encontré el de color violeta oscuro que compré hace años para disfrazarme de bruja. Me sonreí pensando ¿a quién querías engañar no llevando cada día el sombrero picudo? Completé la parafernalia con purpurina, un jersey y una diadema a juego, que si bien el pijama bajo la chaqueta a veces me ha parecido una forma muy digna de salir al mundo, para la ocasión me apetecía ir de etiqueta. Y qué distinto es arreglarse para un hombre de arreglarse para vosotras.

Hacía más de una semana que en mi entorno y a pequeña escala había estado haciendo proselitismo en favor de la secta violeta y su manifestación de histéricas lesbo-hembristas en el día internacional de Pero-Qué-Cansinos-Sois-Los-De-Para-Cuándo-El-Día-Internacional-De-EL-HOMBRE. Y lo iba comentando todo con la naturalidad de quien piensa de corazón que ser feminista, más allá de nuestros límites individuales, solo puede ser una cosa tan saludable como tomar el sol en las primeras horas de la mañana.

Hay quien no dijo nada a mi cháchara desenfadada, hay quien aún tuvo reparos y prefirió contemplar el espectáculo a través de los medios, y hay quien decidió ser partícipe y vino, sin sentir que necesitara un máster en feminismo para formar parte de las reivindicaciones.

En la estación, más de dos tercios de quienes esperábamos en el andén éramos mujeres, prácticamente todas nos habíamos acicalado con algo violeta, y cuando el tren abrió sus puertas, en el vagón ya había otras tantas. A la llegada un grupo muy numeroso nos aplaudía a las que íbamos saliendo en hornadas. Ni si quiera era aquel el punto de encuentro, y ya éramos demasiadas. Mientras esperaba me senté en el suelo a mirar pasar las riadas de pies que se dirigían a la calle: pasos decididos y alegres calzados en tacones, deportivas, botas, bailarinas planas, zapatos negros, rosas, con brillantina, cómodos diseños ortopédicos, de charol, y algún regio bastón de señora junto a bastones de pancartas.

Un ejército diverso, unido y desacompasado. Y creo que es ahí donde reside el gran éxito de las manifestaciones de ayer: que había muchísimas mujeres de estratos, edades y condiciones diferentes, con inquietudes y motivaciones diversas, con dudas y reparos que ya tendrán tiempo de cuestionar, más formadas o menos, pero seguras de estar haciendo lo correcto y ya sin miedo a llamarse feministas. Peones que, de un modo u otro, han llegado a la casilla final, y se han convertido en reinas dispuestas a ganar la partida en las calles.

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