Recuperar mi propia voz

Recuperando mi propia voz

Escribo desde que tengo uso de razón. Desde que me robaron la voz, siendo aún demasiado pequeña como para saber qué demonios estaba pasando y por qué me estaba dejando sin voz. Y sin muchas otras cosas. Escribo porque me dejaron muda y, en consecuencia, nunca supe expresarme oralmente. He aprendido a hacerlo más de 30 años después, con miedo, a tientas, despacio. Llevo años aprendiendo a hablar de nuevo. Metafóricamente, me refiero. Hablar sí podía, lo que no podía era expresarme, ser mi propia voz, utilizarla.

Sin embargo, nunca he dejado de escribir, se ha convertido en parte de mí. Me sirve para vaciarme, para quitarme peso de encima, para expresar lo que llevo dentro cuando temo cómo va a reaccionar la persona que lo reciba y, cobarde, no me atreva a sostener su mirada.

Y hoy me invitan a escribir en este blog, esta casa, que debería ser la de todas, en la que he ido encontrando respuesta a tantas preguntas. Porque un día, casi sin saber cómo, me puse las gafas violetas y todo se volvió cuestionable y cuestionado. Mi vida, la vida, el mundo, pasó a ser un enorme signo de interrogación.

No sé cómo comportarme, me siento la eterna invitada impar, la que llega siempre sola, conociendo sólo al novio, o a la novia, sin saber muy bien dónde colocarse en las fotos o qué decir en las conversaciones. Espero hacerlo bien, no quisiera decepcionar a nadie que me esté leyendo. Por dónde iba…

Me anularon la voz cuando yo apenas tenía 6 años. Ahí quedó, enterrado en mi memoria. O eso creía yo. Nunca estuvo enterrado, yo sólo fui lo bastante lista como para sobrevivir sin verlo. Si has visto películas o leído libros sobre el tema, spoiler alert: se quedan muy cortos. La lista de traumas, miedos, fobias, manías, paranoias, tics y enfermedades asociadas es casi infinita. Y muy complicada de detectar. La baja autoestima se queda a vivir contigo para siempre.

A lo largo de mi vida, y en diferentes momentos críticos, comencé a recordar. Pedazos, apenas segundos, viajes temporales que parecían sacados de una pesadilla. Hasta que un día encaja todo de golpe. Pero, claro, el tema no termina aquí. Ahora recuerdo, lo anulo y sigo con mi vida. Ay, amiga, no. No funciona así. Empiezas a hacerte preguntas. Cada vez más. Las respuestas desmoronan toda tu vida, tu mundo se hunde bajo tus pies. Soy un alma nómada, volver a empezar no es el problema.

Cada respuesta lleva a otra pregunta, sucesivamente, sin descanso y, cuando te das cuenta, te has puesto las gafas violetas, empiezas a comprender, ya nunca volverás a ser quien eras, afortunadamente. Y ese punto de inflexión abre un nuevo horizonte, que da casi más miedo que lo que acabas de dejar atrás (casi media vida tirada a la papelera —piensas—. Posteriormente, agradeces que haya ocurrido y hasta te planteas si no hubiera sido mejor despertar al feminismo muchísimo antes).

Lo que dejas atrás es una sucesión de etapas como la que viviste de pequeña. Aparte de la ingente cantidad de micromachismos a diario, que casi te da igual hasta que te haces consciente de qué son y por qué ocurren, se abre la caja de Pandora y empiezan a salir otras situaciones, cortadas por el mismo patrón, que has ido soportando de manera casi inconsciente. Como si hubieras pasado media vida (la media que has vivido hasta la fecha) anestesiada. Dejándote arrastrar, dejándote anular con cada amenaza, velada o directa, enterrando un poco más profundamente esa voz tuya. Hasta que queda sólo un hilo, apenas audible.

Pero, ahora conoces el feminismo y estás (estoy) llena de rabia. Enfurecida. Soy una puñetera dragona cabreada que camina por la vida con los cuchillos afilados, el lanzallamas siempre al hombro y ninguna gana de enseñar a ningún señoro a ponerse los pantalones por los pies.

Leo, pregunto, cuestiono, debato y, cuando creo que tengo todas las respuestas, vuelvo a empezar. Apenas soy una novata en este tema, el que tendría que ser mi tema, el que tendría que formar parte de todos los programas de educación básica del mundo. Ya nada podrá apagar mi sed de conocimiento.

No soy una minoría, no soy un colectivo, no soy el sexo débil. Para empezar, soy el sexo capaz de engendrar vida. Sin mí, tú no existirías, Manolo. Soy aquella que fue adorada y venerada en culturas ancestrales, precisamente por su poder creador. Soy el 52% de la población mundial. Y estoy terriblemente cabreada por haber sido (y estar siendo) ninguneada porque consideras que lo que opinen tus huevos morenos sobre cualquier tema, en cualquier ámbito y a cualquier hora, es mucho más importante que lo que yo tenga que decir al respecto.

Si tu opinión no se hubiera impuesto por encima de la mía, si no hubieras quemado a las brujas, y a todas las que vinieron detrás, a mí nadie me hubiera violado cuando tenía 6 años. Ni después. Porque nadie en su sano juicio hubiera considerado tan siquiera esa posibilidad.

No busco venganza, nunca la he buscado. Quienes apoyamos el feminismo buscamos la equidad. La venganza no nos sirve, nos convertiría en aquello de lo que nos queremos deshacer. Hoy, y en adelante, recupero mi voz en mi nombre y en nombre de todas las mujeres, de todas las niñas, de todos los niños. A las mujeres y a los menores se nos trata como si no existiéramos. Somos adornos, entretenimientos, vasijas. ¿Te has dado cuenta de que se nos saluda con besos? La mano sólo se la dan los machos unos a otros. A nosotras nos besan, como quien besa a un cachorro indefenso.

Por eso recupero mi voz. Por eso aprovecho esta invitación que me han hecho: necesito que sepas que no estás sola, que tu caso no es único, que somos muchas. Hablo por mí, por ti, por todas las que no pueden hacerlo. Y lucho por todas nosotras.

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PD: Christina Rosenvinge escribió una canción terriblemente dura sobre los “sin voz”, la grabó dos veces, bajo dos puntos de vista, y me pone los pelos de punta cada vez que la escucho. Se llama “Canción secreta” y la primera estrofa dice así: «esta canción no quiere existir, no quiere que diga lo que hay que decir. La boca cerrada, se cierra el cajón, se cierra la puerta de la habitación».

Es duro. Es muy duro. Y no seré yo quien te pida que alces la voz, que denuncies, que vayas a juicio. Mientras sigamos formando parte de un sistema patriarcal, no servirá de nada. Yo misma no he denunciado ninguna de las (demasiadas) veces que debí hacerlo.

Si has leído hasta aquí, sí te voy a pedir una cosa: comparte tu historia. Aunque sea, escríbela en un cuaderno, métela en un cajón, alguien la encontrará. Y, si puedes, compártela con alguien de confianza. Te quitarás peso y, sobre todo, seremos cada vez más visibles. Hasta que llegue el momento en que el feminismo ya no sea necesario: que el feminismo sea.

PPD: No pensaba escribir sobre esto cuando me puse con el primer párrafo pero, al fin y al cabo, qué mayor exponente del patriarcado que las violaciones sexuales.

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