Contra la falsa asistencia sexual

Contra la falsa asistencia sexual

Uno de los mayores problemas de la ética neoliberal es que muy raramente nos viene de frente, sino que tiene la fea costumbre de utilizar a las personas discriminadas a modo de escudos humanos para avanzar y afianzar posiciones, y esto es exactamente lo que está sucediendo en estos momentos entorno al debate de la asistencia sexual.

Con la gestación subrogada, por poner otro ejemplo. Nunca se nos vende como el negocio multimillonario que realmente es y que, básicamente, consiste en traficar con bebés humanos creados ex professo en un laboratorio para satisfacer los caprichos genetistas de pijos ricos sin escrúpulos mediante la explotación sexual sistemática de mujeres obreras en países pobres con legislaciones laxas. En lugar de eso, se nos vende como un derecho (nada menos) para, por ejemplo, parejas de homosexuales que por motivos obvios no tienen la posibilidad material de engendrar. Y tiene mucho sentido: será más fácil que cualquiera de nosotros lleguemos a apoyar o cuanto menos tolerar su modelo de negocio si, con el marketing adecuado, dicha práctica es concebida como un medio para favorecer a personas que previamente reconocemos como víctimas del sistema en que vivimos o con cuyo dolor y sufrimiento podemos empatizar —como puede ser también el caso de parejas infértiles que anhelan tener descendencia—. Así pues, es relativamente fácil llegar a confundir justicia (y, por ende, derechos) con caprichos, ya que estos discursos nos llegan siempre promovidos mediante una manipulación psicológica y emocional de libro. Justicia sería que las parejas homosexuales no sufrieran ningún tipo de discriminación por ser gays o lesbianas en el sistema de adopción (lo cual enuncia el derecho real de la Constitución y la carta de DDHH a la no discriminación por causa de la orientación sexual). Querer tener un hijo genético, por el contrario, es un capricho y querer comprarse un bebé jamás podrá ser un objeto de derecho.

Cuando una industria organizada, con medios, poder e influencia en altavoces mediáticos parasita la voz de un colectivo vulnerable para introducirse o blanquearse “desde abajo” le denominamos astroturf (en referencia a una conocida marca de césped artificial) ya que es un falso “activismo” donde, en última instancia, los intereses ocultos de varones ricos —generalmente blancos y heterosexuales— se disfrazan como reivindicaciones legitimas que parten supuestamente del movimiento LGTB, feminista, obrero, etc. y cuando realmente el bienestar de las personas a las que afirman defender importan entre poco y nada. La gestación subrogada es sólo un ejemplo, el transcult amparado en la teoría queer y esto es exactamente lo que la industria multimillonaria de la prostitución está haciendo ahora mismo con la llamada “asistencia sexual” (igual que sigue haciendo con el llamado “trabajo sexual” y el presunto derecho de las mujeres a prostituirse).

Asistencia sexual ¿de igual a igual…

La web de la sexóloga Charo Ricart describe el “acompañamiento íntimo o erótico” (uno de los puntos clave de la llamada asistencia sexual) como «un recurso válido para aquellas personas con diversidad funcional que encuentren dificultad para poder acceder a su sexualidad propia» y entendido como un servicio, ofrece «Personas para un encuentro íntimo (dentro del amplio campo de la sexualidad, en prácticas más asociadas a lo afectivo y a lo sensual que a lo estrictamente sexual) con personas con Diversidad Funcional a través de acuerdos previamente pactados y consensuados» con el objetivo de «ayudar a que la persona con Diversidad funcional tenga la oportunidad de  sentirse realizada sexualmente y adquiera una mayor autoconfianza. Siempre en un trato de igual a igual»

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿es realmente posible el trato «de igual a igual» cuando existe una transacción económica? Y no; no lo es. La relación mercantil siempre imprime una lógica jerárquica y, por consiguiente, una relación de poder.

El planteamiento que subyace a la asistencia sexual no es que haya personas dispuestas a “rebajarse” a tener sexo por intereses ajenos (como el dinero) o por mera caridad, pena, compasión, misericordia o clemencia con alguien a quien, en su vida cotidiana y de forma entusiasta, nunca elegirían como pareja sexual mirando por su disfrute “egoísta”. Su contribución sería simplemente la de estar dispuestos a liberarse del abundante catálogo de prejuicios sociales asociados a la discapacidad y romper la frontera mental y el tabú existentes en torno al hecho de intimar de forma erótica y/o afectiva con personas diferentes a la mayoría hegemónica.

Asimismo, el usuario siempre debería tener muy claro que nadie va a “regalarle” nada simplemente por ser como es o tener lo que tenga, ya que el asistente nunca debería tener ninguna necesidad (ni presión) para hacer absolutamente nada que no desee hacer libremente y que no vaya a disfrutar de forma recíproca también, ya que además será exclusivamente bajo estas premisas cuando será posible alcanzar la realización sexual del otro. Bajo este prisma, la asistencia sexual ‘sólo’ sería una herramienta con que proporcionar un “espacio seguro” mediante un ambiente controlado y la interacción con una persona sensibilizada y formada (a diferencia de lo que ocurre en el caótico mundo exterior con las personas de a pie) que le permita aprender a relacionarse dejando su discapacidad (y el estigma social) a un lado. Restarle peso o importancia a sus circunstancias para centrarse en la persona que hay detrás. O, dicho en otras palabras: la cosa no va de que pueda “correrse” mientras su asistente es emocionalmente ajeno o indiferente al proceso, sino permitirle adquirir la consciencia de que, a pesar de las limitaciones, continúa siendo (o siempre fue) un individuo capaz de producir excitación y provocar placer en otras personas, que sus limitaciones no le definen y pueden superarse.

…o prostitución especializada?

«Pensar que ya está todo conseguido es un error: a los asistentes sexuales hay que pagarles por su trabajo, lo que limita su asistencia a los que tienen dinero. Una vez más, el placer y la satisfacción, solo para unos pocos» Así concluye el repugnante artículo de Celia Blanco titulado ¿Quién masturba a mi hijo si él no puede? publicado por El País y así comienza la manipulación emocional del astroturf.

Para empezar, la asistencia sexual nunca debería plantearse como un trabajo. Nada de todo lo descrito en el punto anterior sería posible bajo esta premisa. Mantener relaciones sexuales no deseadas no es ningún trabajo y, si fueran deseadas, carecería de sentido tener que pagar por ellas. Mantener relaciones sexuales no deseadas es una forma de violencia y/o explotación sexual porque, aún cuando sea algo que pueda ser elegido voluntariamente, no es en absoluto fruto de una decisión libre; sino tomada bajo la coacción de la necesidad económica y la falta de alternativas (como sucede en la prostitución) o de un proceso de alienación machista (como las mujeres que “se dejan” cuando sus novios quieren y ellas no, sólo porque se creen o sienten en el deber de satisfacerles).

Para continuar, sus palabras resultan especialmente aberrantes porque al mismo tiempo pretende convertir esta problemática en una reivindicación de clase. Cuando Celia “denuncia” que la asistencia queda «limitada a los que tienen dinero» (enunciándolo como una supuesta discriminación hacia las personas con discapacidad de clase obrera) lo está haciendo en realidad es un llamamiento para que dicho “servicio” sea asumido por los entes públicos, es decir, que sea el propio Estado y sus administraciones locales quienes se conviertan en proxenetas, al pagar —con el dinero de todos— por ese sexo no deseado, tolerado por necesidad pero experimentado con rechazo: está pidiendo institucionalizar la violación remunerada.

Para concluir, la asistencia sexual malentendida como una forma de prostitución especializada (en tanto en cuanto se realiza sobre personas con unas características y necesidades específicas) consigue justo lo contrario de lo que supuestamente pretende: poner la discapacidad en el centro al convertirla en única causa y consecuencia y, aún peor, lanzando un mensaje tóxico para la propia persona que la sufre: eres una víctima debido a tu discapacidad (ya sea congénita o sobrevenida) y, como tal, mereces ser compensado. El sexo es para ti un derecho que puedes e incluso debes exigir porque, pobrecito, bastante tienes con lo que te ha tocado en suerte. Sus necesidades sexuales pasan así a ser entendidas como un problema cuya responsabilidad ha de ser asumida y resuelta por la sociedad en su conjunto (como si de barreras arquitectónicas se tratasen). Dicho de otro modo: se le está arrebatando a esa persona la posibilidad de disfrutar de su propia autonomía, de su capacidad para llegar a autoproveerse y realizarse como todo el mundo al asumir, erróneamente, que debido a sus dificultades es incapaz de gustar verdaderamente a nadie, lo cual le abocará a la frustración de tener que interiorizar que su única posibilidad es ser “asistidos” de forma externa.

Por otra parte, si asumimos que sexo es un derecho para las personas con discapacidad… ¿Por qué no para el resto? ¿Por qué privar a la ciudadanía en general de sus parabienes? Esos postadolescentes con granos, inaguantables misóginos y malcriados a los que ninguna chica querría tocar ni con un puntero laser sin duda reivindicarían este “derecho” ante el inmenso “sufrimiento” que les provoca no poder tener relaciones como aquellos de sus iguales que ligan y se echan novia. Esos hombres que tras una ruptura dolorosa no son capaces de relacionarse de igual a igual con mujeres (más que nada porque están resentidos contra ellas) pero a los que sí les gustaría vaciarse las pelotas usando el cuerpo de alguna (sin importar demasiado el de quién) sin duda “necesitan” asistencia para superar esa “mala racha” porque, claro, tanto tiempo sin follar está “minando su autoconfianza” y eso les afecta en su día a día.

En última instancia, ¿cuál es la diferencia real entre hablar del sexo como derecho —igual que lo hace Celia— y la victimista y enfermiza retórica ‘incel’ del sexo como un recurso escaso y distribuido de forma desigual? ¿Nos damos cuenta ya de por dónde van los tiros? El patriarcado inventó el caballo de Troya y por lo visto le continúa funcionando tantos siglos después. Las retoricas de asistencia sexual como la suya no son más que una punta de lanza para introducir la legalización y normalización social de la prostitución a modo de “trabajo”, el putero como mero “cliente”, y el proxeneta como simple “empresario” de un sector económico “como otro cualquiera”. Y desde luego nos tendrán enfrente.

La víctima perfecta.

Al margen de la tergiversación neoliberal y capitalista tratada en el punto anterior, uno de los mayores problemas que solemos encontramos entorno a la asistencia sexual es que la enunciación de sus propuestas es demasiado genérica: suele englobar toda forma de discapacidad cuando lógicamente ni todas son iguales, ni los diferentes grados existentes dentro de cada una de ellas van a suponer unas implicaciones prácticas o éticas equivalentes.

Y el terreno se puede poner especialmente pantanoso cuando nos adentramos en el ámbito de las discapacidades intelectuales o cuando intervienen trastornos psicológicos, especialmente si hablamos de aquellos que afectan a la autoestima, el autoconcepto, etc.

Imaginemos tener en nuestra agenda personal a un amigo cuyo hijo adolescente pacede un síndrome cuyos síntomas son, entre otros, no poder expresar por sí mismo sus deseos, su voluntad, sus ganas (o no) de hacer o recibir algo y al que quiere contratar una prostituta porque ¿cómo no va a disfrutar del sexo como nosotros? ¿Sería ético? O incluso más allá de eso ¿Sería legítimo satisfacer nuestro ego de personas neurotípicas para cubrir una «necesidad» que ni siquiera sabemos si existe? ¿Y si, aunque responda mecánicamente al estímulo, la realidad es que estamos violentando su integridad mediante un contacto que en el fondo desconocemos si quiere o acepta? Imaginemos tener en esa misma agenda a una amiga víctima de un accidente de tráfico, que le ha dejado secuelas tan terribles como una lesión medular, daños físicos y, añadido, un profundo rechazo por su propio aspecto, pues ya no se reconoce en el cuerpo que habita. Si le propusiéramos nuestra compañía a nivel íntimo, ¿hasta qué punto sería factible que consiguiésemos que acceda a cualquier práctica que deseemos experimentar (quiera ella o no)? El mero hecho de aceptar nuestra proposición ¿podría estar condicionado bajo la creencia intrusiva de que debería estar agradecida porque alguien se digne a tocarla, fruto de un estado emocional y anímico por el cual teme que nadie más nunca pueda desear acostarse con ella? ¿Qué ocurriría entonces con sus propios deseos, apetencias e inquietudes? ¿Y si nuestras proyecciones y nuestra propia necesidad de sentirnos bien haciendo la «buena obra» del día, lo único que consiguen es que nos limpiemos el culo con sus derechos humanos?

No olvidemos que, en este preciso momento, muchas personas con discapacidad están siendo abusadas por sus familiares u otros conocidos. Es un colectivo que además de discriminado, infravalorado, estigmatizado e invisibilizado, lleva siglos sufriendo violaciones sistemáticas por el mero hecho de ser las víctimas perfectas. Algunos, por carecer de la capacidad mental suficiente para entender ese sexo que les está siendo impuesto como lo que realmente es y menos aún para expresar una denuncia contra su agresor; otros, porque aun siendo plenamente conscientes, tienen serias dificultades comunicativas para expresar cuestiones complejas (por ejemplo, quienes se comunican con un tablero de letras e ideogramas y ciertos ruidos o gestos que significan sí/no, etc.) y sin olvidar, por último, a aquellos otros cuyo testimonio muy difícilmente podrá ser creído (por sufrir alucinaciones o cualquier diagnóstico que implique una distorsión en su capacidad para percibir la realidad), etc.

Sobrados son, pues, los motivos por los que debemos evitar a toda costa que bajo las premisas (a menudo bienintencionadas) de la asistencia sexual permitamos que se abra la puerta a la normalización social y la impunidad de los abusos sexuales contra los propios “interesados” o se asuma el riesgo (real y tangible) de constituir un imán para toda suerte de pervertidos, depredadores sexuales y machistas violentos.

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