No es amor

No lo llames amor, llámalo patriarcado

Lo que nos venden como amor no lo es. Créeme, por más que sigamos hablando de ello, no será suficiente hasta que sea completamente innecesario hacerlo. Escribo desde mi propia experiencia, sumando a ésta lo que las mujeres de mi vida han compartido conmigo (maravillosas esas reuniones de mujeres en las que nos abrimos en canal – nada nos une más que hablar y compartir).

En este mismo blog encontrarás un muy pormenorizado despiece del mito del amor romántico. Como bien destaca mi compañero en su artículo, el amor romántico va unido a la cultura de la violación, el paternalismo condescendiente, el silencio de la mujer, la exhibición de poder del hombre, la normalización de las conductas obsesivas, la exclusividad, el sentimiento de pertenencia, los sacrificios y la normalización del maltrato, el acoso sexual y las relaciones tóxicas.

Aún y así, a todo aquello que se señala en el artículo mencionado me gustaría añadirle mi visión. Aunque yo no llevaba las gafas violetas en todas las situaciones que voy a relatar, tampoco fue nunca mi responsabilidad que ellos las llevasen. Todos somos machistas, todos nos educamos en el capitalismo patriarcal y misógino que domina el mundo, todos tenemos nuestra responsabilidad.

Si me estás leyendo y te das por aludido, hombre: no te guardo rencor. Te deseo que cambies tu perspectiva sobre la vida y te plantees tus creencias. Es lo mejor que te podría pasar. En cualquier caso, aquí hay historias que no me pertenecen, les pertenecen a mis amigas, a mis conocidas, a todas y cada una de las mujeres. Seguro que tú, mujer, te vas a ver reflejada en ellas más de una vez, a medida que vayas leyendo.

Esto no es amor

Por más que lo hayas mamado a través del cine (cuánto daño ha hecho Disney), la música, el teatro, la literatura y tu propio entorno social y familiar, ninguno de los puntos de la siguiente lista es amor. Es exhibición de poder. Es machismo.

+ Que no sepa entender un NO. Aplicable a cualquier ámbito de tu relación con él. Su voluntad no está por encima de la tuya.

+ Que te pida deshacerte de tus objetos y recuerdos previos a su aparición en tu vida. No te has caído de un manzano, prístina e inocente, para él. Eres quién eres gracias a todo lo que has vivido.

+ Que te exija conocer el número de parejas sexuales/sentimentales que has tenido. Es tu intimidad, la compartes si quieres. Evidentemente, no se trata de ocultar nada (y más cuando hablamos de sexo y salud), pero el recorrido pormenorizado es innecesario y, con frecuencia, motivo de celos retrospectivos, reproches y egos machitos lastimados.

+ Que te pida modificar cualquier parte de tu aspecto, desde el color del pelo hasta el tamaño de tus pechos. Y aquí sí te digo que esto es en base a mi propia experiencia: de haber sido por algunos, yo hoy parecería Barbie Malibú y algún cirujano sería más rico.

+ Que te indique el tipo de ropa que puedes llevar y el que no. Sobran los comentarios.

+ Que controle con quién, cuándo y por dónde sales. Pero, al tiempo, no te dé explicaciones cuando llega a casa borracho tras dos días desaparecido o se ponga a la defensiva si le preguntas a dónde va.

+ Que te pida sacrificar tu carrera profesional por impulsar la suya. Y esto incluye renuncias de todo tipo, desde solicitar la reducción de jornada hasta elegir trabajos que ni te interesan con tal de encajar con sus ascensos, traslados, viajes, etc.

+ Que te quedes en casa cuidando de la prole. Esa prole que tanto quiso tener contigo y de la que se desentiende una vez llega al mundo.

+ Que te bese o toque sin tu consentimiento ni deseo. Y esto incluye todas esas veces que “te toca cumplir con tu deber” (porque, para algunos, tener pareja y follar con ella siempre que a ellos les venga en gana es su derecho), aunque tus ganas de sexo estén en el tercer sótano por debajo del edificio. Esto, léeme bien, es violación dentro de la pareja.

+ Al hilo de lo anterior: no le debes un trío con otra mujer, si eres bisexual. No le debes explicaciones de con qué mujeres has estado ni lo que has hecho con ellas. No le debes dedicar más atención a su persona porque, y cito textualmente, “claro, a ti que eres bisexual te da todo igual, me puedes dejar por otro o por otra, quien primero se te cruce”. Nadie debe sexo a nadie. Nunca.

+ Que te engatuse para renunciar a tus aficiones, a lo que te hacía brillar y sonreír cuando os conocisteis (y fue ese brillo, precisamente, lo que le atrajo de ti) para dedicar más tiempo a las suyas. Conocer otras formas de ocio puede ser muy enriquecedor y estimulante, pero en ningún caso justifica sacrificar lo que a ti te ilusiona.

+ Que decida por ti sin consultarte. En un restaurante, en una tienda de ropa, en el banco o en el médico. Esto sólo queda bien en televisión los domingos por la tarde. La vida real es otra historia.

+ Que no te deje quedar con tus amigos, por celos, ni con tus amigas, porque sabe que ellas te pueden abrir los ojos. Cuando te das cuenta, estás sola.

En definitiva, cualquier cambio en tu vida que implique dejar de ser tú, cuestiónatelo bien. Estar en pareja no significa ir en pack, de la mano, como un par de pinypon siameses que visten igual, hablan igual y comparten todas y cada una de las cosas que hacen. Especialmente, si una de las dos personas ha dejado de lado todo su mundo para sumergirse de lleno (y exclusivamente) en el mundo de la otra.

(A menudo me pregunto si a los hombres heterosexuales realmente les gustamos las mujeres…)

Esto sí es amor

Tal y como yo lo entiendo (y, por supuesto, puedes no estar de acuerdo), amor es libertad.

Libertad para elegir, libertad para irte y para quedarte, libertad para ser tú misma por encima de todas las cosas, libertad para ser tu prioridad. También es libertad para con tu pareja: lo que haga, deshaga, comparta con otras personas no tiene por qué contártelo, ni es justificación de nada. Siempre y cuando ninguna de las dos personas dañe a la otra intencionadamente, todo está bien. Esa necesidad de compartir absolutamente todo, de controlar cada movimiento y cada respiración de la otra persona es algo que nos han (mal)vendido como romanticismo, devoción, fidelidad*… Ponle la etiqueta que quieras. Bajo mi humilde opinión, basta con respeto, honestidad y confianza.

(*La fidelidad es un tema fascinante al que me gustaría dedicar otra entrada y con el que nos manipulan como quieren, muy especialmente las religiones – el brazo derecho del capitalismo, dicho sea de paso.)

Obviamente, en toda relación es sano establecer límites y respetarlos. Y es mucho más sano comunicar con cariño y tacto cualquier cambio, duda, inquietud y necesidad. Si no basas tus relaciones (amistosas, familiares, sentimentales, laborales) en la comunicación, entonces vas a estar muy perdida. Y te aferrarás a todo que te quieran vender porque estás tan acostumbrada a Disney, las comedias románticas y la purpurina que 1) ni siquiera te lo planteas y 2) te conviene no repensarte.

Repensarse duele. Revisar tus creencias, tus costumbres y tus cimientos te hará dudar de todo porque te vas a enfrentar a ti misma y vas a ver multitud de cosas que no te gustan. Se trata precisamente de eso: quédate con quién eres, con quien quieres ser. Despójate de todo lo que no te gusta y te sobra, lo que has interiorizado sin siquiera darte cuenta. Parafraseando a mi anfitrión en este espacio, “eres válida tal como eres”.

* Gracias a Amaral por su tema «Bien alta la mirada», que nos recuerda que «quien bien te quiera, te querrá bien alta». Comienza por quererte tú misma.

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