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Religiones y patriarcado

De sobra sabemos que las religiones están creadas a la medida del hombre, donde la mujer no tiene cabida y es considerada como un mero objeto a su servicio. Es la mujer la que es castigada y humillada por sus actos, la que no puede oficiar ceremonias, la que tiene que someterse a los mandatos de los diferentes credos y caminar siempre por detrás del hombre, acatando sus órdenes, por absurdas que éstas sean. Órdenes que a ellos no se les aplican en la misma medida ni con las mismas consecuencias. Un señor se disfraza con una casulla, una kipa o una túnica e, inmediatamente, las mujeres dejan de existir como seres humanos.

La religión se define como un sistema cultural que relaciona a la humanidad con lo divino, lo espiritual o lo sobrenatural y lo hace mediante ritos, textos, iconos que se consideran sagrados. Se puede practicar de muchas maneras, sin perder de vista que se basa en creencias que se consideran inamovibles, y ahí es donde reside su poder. Las personas adeptas a la religiones no se cuestionan aquello en lo que creen: es así y punto. Pero el problema no es el credo en sí (que cada una crea en lo que considere oportuno si con ello mantiene la cordura y la esperanza). El problema, como digo, no es la religión sino el modo en que el hombre (sí, el macho) ha tenido a bien interpretar las milenarias escrituras sagradas y llevarlas al terreno que más le conviene: someter a la mujer.

Más allá de los diferentes iconos, figuras, textos, ritos, ceremonias, celebraciones, vestimentas, ayunos, normas, deidades, oraciones, festivales, música, arte o veneraciones varias, las historias sagradas en las que se basa cada religión, las historias con las que se pretende explicar el origen del universo y del hombre, son cuentos plagados de lecciones de moral y ética. Hasta ahí todo bien, si no fuera por el sesgo machista que acompaña a cada una de esas lecciones y las subsecuentes interpretaciones que se han hecho de las mismas.

Hay casi tantas religiones como tribus habitan el planeta, sería imposible nombrarlas todas en un espacio como éste. Y tampoco lo considero necesario. Lo que me interesa hoy es darte unas pequeñas pinceladas para que te hagas (más) consiciente de las herramientas que utilizan los hombres para dominar a las mujeres, algunas tan antiguas como el sol y tan intocables que, no hace tanto tiempo, podías terminar quemada en una hoguera por hereje.

El hinduismo considera a la mujer un ser inferior y por eso abortan a los fetos hembra o abandonan a las bebés recién nacidas en los países donde se practica esta religión. Para el jainismo la mujer no vale lo mismo que el hombre, por ello debe reencarnarse en hombre antes de alcanzar la iluminación (liberación del alma y su unión con el cosmos, el estado último del ser humano cuando ha alcanzado la perfección en su forma terrenal… por resumir mucho). El islamismo insta a la mujer a obedecer y acatar las órdenes de su marido. El sijismo ve a la mujer como una mera vasija receptora de las frustraciones del hombre y, por tanto, objeto de violaciones, palizas, secuestros y todo tipo de violencia. Los samaritanos obligan a las mujeres a aislarse del mundo durante sus menstruaciones y después del parto. Y así puedo seguir durante horas. En definitiva, estamos para servir y obedecer y las religiones son otro instrumento mediante el cual conseguir que lo hagamos.

Hay infinidad de ejemplos de ceremonias y formas de vida basadas en las creencias religiosas que ponen de manifiesto nuestra inferioridad (según ellos) y nuestro sometimiento para mantenernos calladitas y sin salirnos del guión. En la religión católica, sin ir más lejos, la mujer es entregada del padre al marido durante la ceremonia de la boda; esto es, pasa de manos de un hombre a manos de otro. Son creencias que se mantienen vigentes y ceremonias que no se cuestionan «porque es lo que dice [inserta aquí el libro sagrado de turno]». Libro que, por supuesto, ha sido traducido, interpretado y tergiversado tantas veces a lo largo del tiempo que está a años luz de lo que quería significar cuando fue escrito. Y si viajamos atrás en el tiempo, fuimos quemadas por brujas, perseguidas por la Inquisición, condenadas por nuestra capacidad de crear vida, malditas por nuestras dotes sanadoras y acusadas de adorar al demonio. Mucho más atrás en el tiempo hemos sido siempre el origen de todos los males. Eva condenó a toda la humanidad (cristianismo), Lilith fue la primera mujer y la primera en ser acusada de puta y maligna (religión hebrea), Pandora liberó todos los males del mundo (mitología griega)… Todas ellas fueron inventadas como mujeres curiosas, fuertes, inteligentes, decididas y deseosas de aprender más, explorar el mundo, conocerlo y, sobre todo, vivir a su manera y no a la manera a la que se suponía que debían hacerlo. Fueron inventadas expresamente para que no las tomásemos como modelos a seguir: el castigo por querer ser tú es el destierro y el silencio. Desde tiempos inmemoriales… hasta el día de hoy.

En la mitología griega abundan las mujeres que son violadas, desterradas y aisladas por haber desobedecido las órdenes de los hombres, por haber sido bellas (!), por haber sentido deseo (!), por haber alzado su propia voz y no haberse dejado mangonear por los hombres de su entorno. Ahí están Penélope, Ariadna, Fedra, Medea, Casandra.

Volviendo a la actualidad y a las religiones más expandidas en el mundo hoy en día, aberraciones tales como las violaciones, la mutilación genital femenina, las lapidaciones públicas, la obligación de ir tapadas bajo capas de ropa que no muestran ni un centímetro de piel, la obligación de casarse siendo aún unas niñas, el mito de la virginidad (ay, ese mito), el no tener derecho a voto, no tener opción de abortar de manera legal y segura, no poder obtener el carnet de conducir, sacar dinero, poseer propiedades, firmar documentos, estudiar o divorciarse, la imposibilidad de hacer nada por tu cuenta sin el visto bueno de un hombre de tu entorno… todas estas cosas (vigentes aún, lo creas o no), derivan de una mala interpretación de las religiones y se apoyan en ellas para ser justificadas. Las religiones son profundamente misóginas, machistas, homófobas, racistas, sexistas y están tan mezcladas con las tradiciones y las culturas de los diferentes países donde se profesan que cuesta distinguir las líneas y los límites entre unas y otros. Pero el resultado es siempre el mismo: nosotras salimos perdiendo.

Que todas estas formas de violencia que se ejercen sobre nosotras en nombre de la religión de turno sigan vigentes en 2021 sólo es una muestra más del poder que tiene el concepto de la culpa sobre todas nosotras. La culpa, la vergüenza, el qué dirán, el no querer llamar la atención (para mal), el «calladita estás más guapa» que tan interiorizado tenemos todas es lo que nos lleva a mantener tradiciones que nos matan. Que sean las propias mujeres quienes siguen mutilando a otras mujeres cortándoles los genitales de niñas, con todos los problemas que dicha práctica acarrea es algo que sucede porque hemos aprendido a callar, a no responder, a no discutir, a asimilar y asumir que la palabra del hombre, de todos los hombres, es sagrada. Que vale más que la nuestra, que está por encima de nosotras y que es absolutamente incuestionable. Seguir calladas, seguir acatando órdenes absurdas sin detenernos ni un minuto a pensar cómo nos afectan y en qué nos repercuten, seguir siendo sumisas nos está matando.

Los hombres entran en guerra en nombre de las religiones (ya hace falta ser absurdo para matarse por unas creencias que tú mismo has inventado), dichas guerras justifican violaciones indiscriminadas, asesinatos sin sentido, torturas, sufrimiento y dolor… y seguimos siendo las víctimas, los daños colaterales «inevitables» (según ellos). Nosotras, que estábamos tan tranquilitas a nuestras cosas, intentando llevar una vida lo más apacible posible, terminamos siendo violadas incesantemente por soldados (y por los llamados «cuerpos de paz», no se te olvide) que descargan su ira y su frustración en las mujeres que tienen más a mano, especialmente si son del campo enemigo. Se me ocurre que, si estás matando gente en nombre de no sé qué deidad o creencia, sigas matando gente, mata a tantos hombres como quieras, mata hasta que os extingáis, si eso os complate. Pero a nosotras dejadnos vivir en paz. No queremos vuestras guerras, no queremos vuestros dogmas, no queremos vuestras religiones, vuestras normas absurdas, vuestras imposiciones ni vuestras ganas de someternos, dominarnos y humillarnos. Así, no os queremos.

Hasta que los hombres decidan inventar religiones que no nos hagan daño, más nos vale dejar de creer en ellas. Más nos vale creer en nosotras mismas. Ése sí que sería el acto de fe al que todas deberíamos desear llegar.

 

Fuentes:

De la mujer y la religión, por Emma Bonino.

Sobre las religiones, por Ana Sánchez Borroy.

Lecturas interesantes:

Reflexiones sobre las mujeres y el feminismo en el cristinanismo, por María Isabel Blázquez Rodríguez.

Derechos de las mujeres y libertad religiosa, por Eugenia Relaño Pastor.

Series y películas:

Unorthodox, creada por Alexa Karolinski, Anna Winger y Maria Schrader.

Fanny y Alexander, de Ingmar Bergman.

El cuento de la criada, de Bruce Miller.

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