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La mujer en la industria musical

Lo que no se nombra

Me siento a escribir escuchando el album «Jagged little pill» de Alanis Morissette apenas cuatro días después de que la prensa se hiciese eco de que esta artista fue violada en grupo a los 15 años de edad. Ya ni siquiera siento rabia cuando leo este tipo de noticias. Siento unas ganas tremendas de sentarme junto a las víctimas, arroparlas, acercarlas un tazón de té caliente. Siento una urgencia desmedida de salir a la calle cerillas en mano y quemarlo todo. Si los cimientos del patriarcado fueran tangibles, arrasaría con ellos. Por el momento, lo que sí sé que puedo hacer es dar voz a quien no la tiene. Desde este rincón de internet, y con las esperanza de llegar a muchas mujeres (hace tiempo que tiré la toalla con respecto a los hombres), escribo para dar a conocer lo que muchas veces permanece oculto, tapado, escondido. Porque lo que no se nombra no existe.

«Jagged little pill» fue editado en 1995, significa «pildorita dentada» y aunque no fue el album debut de la canadiense, sí que fue (y sigue siendo) el más vendido, el más exitoso y el que más caló en toda una generación. Al contrario de lo que prensa y crítica especializada dijeron en su momento, no es un disco lleno de rabia y frustración adolescentes. A los 19 años Alanis se posicionaba ya como mujer feminista y desgranaba, canción tras canción, todas las cosas que la incomodaban sobre el patriarcado, increpando a los hombres que le habían causado tanto dolor. Pero la industria musical, formada por señores y señoros, no quiso verlo y trató de convertirla en otro bonito maniquí al que manejar y con el que llenar las arcas.

Lo que desconocíamos entonces es que la «pildorita dentada» que a la cantante le costaba tanto tragar se refería, además de todo lo expuesto en sus canciones, a la violación que sufrió a los 15 años. Años después, en su disco «Under rug swept» (lo barrido, bajo la alfombra) se incluía la muy potente «Hands clean», donde dice: «¿qué parte de nuestra historia es reinventada y barrida bajo la alfombra?, ¿qué parte de tu memoria es selectiva y tiende a olvidar?» Y precisamente en ese olvido selectivo se apoyan los hombres a la hora de perpetrar todas las maldades con las que nos torturan desde que nacemos. La industria musical es tan sólo otro de los recintos en los que ejercen su poder sobre nosotras.

Para cantar has de ser normativa

Hace tan solo unos meses Zahara editó «Puta», un disco que le ha servido de vehículo en su viaje de aceptación, una catarsis gracias a la cual aligerar su carga y dar(nos) a conocer todo aquello que ha vivido y sufrido de manos de los hombres. No habla sólo de relaciones personales, menciona también y muy claramente su experiencia en la industria que le da de comer. “Merichane” es la canción y dice así: “Yo estaba ahí en las oficinas de Universal tragando sermones sobre mi gran potencial. Yo estaba ahí abrazada a la taza del váter, yo era incapaz de soltarla y ellos de mirarme”. Sí, es lo que parece: trastornos de la alimentación originados por la presión social que sufrimos las mujeres.

Porque las mujeres de la industria musical, como las que no pertenecemos a ella, viven sometidas a unos cánones a los que deben ajustarse si quieren llegar a algo y no quedar relegadas en el olvido. Las músicas, las cantantes, las compositoras, las instrumentistas, las que se suben a un escenario para compartir sus creaciones con el mundo han de encajar en lo que sea que el patriarcado haya dictado como moda en ese momento de la historia o no serán escuchadas. Y, en ocasiones, tampoco lo consiguen. No importa cuán talentosas sean, cuántas composiciones lleven a sus espaldas, cuál sea su formación o su experiencia profesional. Si no son normativas, no valen. Nadie les va a dar una oportunidad. Es más, lo deseable según los magnates de la industria es sexualizarlas al máximo. Muestra de ello son los videoclips, las sesiones de fotos, las portadas de los discos. Lily Allen lo denunció hace ya ocho años en el videoclip de su tema «Hard out here» (difícil aquí fuera). Te recomiendo que busques la letra, no tiene desperdicio.

Ahí tenemos el caso de Adele, de quien se habla más sobre su peso que sobre su indiscutible talento o el de Amy Winehouse y todos los trastornos de salud que al final le costaron la vida. Son tantas que la lista podría ser infinita. Recientemente traje a este blog el caso de Britney Spears por lo escandaloso que está siendo todo en torno a ella. Pero Britney no es la primera ni la única mujer ninguneada en esta industria. Si Marisol (nuestra querida Pepa Flores) tuviera hoy la edad de Britney, su caso habría sido igual de sonado. Pero eran otros tiempos y no disponíamos de redes sociales a través de las cuales comunicarnos de manera inmediata. En el panorama patrio tenemos los casos de Dover (lo que tuvieron que aguantar las hermanas Llanos por estar al frente de una banda no lo podemos ni imaginar) o Nena Daconte (Mai  Meneses lo componía todo, el tipo que la acompañaba fue su lastre), por poner sólo un par de ejemplos.

En el reciente documental «Miss Americana» Taylor Swift habla alto y claro de las dificultades que ha tenido para hacerse con un espacio desde el que comunicarse. La misma Taylor a quien quisieron convertir en una Barbie y que ahora dice lo que quiere decir como y cuando quiere. Como ella, Miley Cirus (otro producto de la factoría Disney, como Britney), Lady Gaga, Pink, Fiona Apple, Tori Amos, Dolores O’Riordan (D.E.P.), Sinéad O’Connor… Y qué tienen todas ellas en común, además de su constante pelea por hacerse un hueco y llegar a la misma cantidad de público a la que llegan los hombres: ser víctimas de violaciones (de niñas o de adultas), estar sometidas a los arbitrarios cánones de belleza… en definitiva, ser mujeres.

Me detengo un momento en Sinéad O’Connor. Su interpretación del tema «Nothing compares 2U» se nos quedó grabada en la memoria musical a toda una generación, igual que se grabó en nuestras retinas su imagen en 1992 rompiendo una fotografía del Papa en pleno prime time televisivo (cuando la gente veíamos la tele el prime time era la hora más codiciada, aquella en que nos sentábamos frente a la pantalla a tragar lo que nos echasen). Sinéad acaba de publicar un libro donde narra su historia y nos está dejando mudas de dolor. Aquí  va una pequeña muestra: (para leer el artículo completo hay que tener una palangana cerca).

«Puede que tenga razón la cantante irlandesa. O’Connor tenía 19 años cuando comenzó a conocer a los tiburones de la industria musical, que vieron muchas posibilidades en una chica con una voz que parecía salida de las profundidades de un alma lastimada. Ella no cantaba: entonaba salmos sanadores. Todos intuían que era una criatura malherida, pero nadie quiso echarle una manta por encima. Al revés: la intentaron encauzar. Le exigieron que se dejase el pelo largo, que se vistiese con faldas estrechas, que se mostrase sexi. Ella respondió poniéndose pantalones y rapándose. Y fue esa rebeldía, justo cuando comenzó su carrera, lo que en realidad provocó su descarrilamiento. Porque no se permite a alguien ingobernable en un mundo de controladores.»

[AVISO A NAVEGANTES: cualquier hijo de mil puteros que venga a los comentarios a decirme que a Sinéad la maltrató su madre y que dónde estábamos las feministas entonces se puede ir por donde ha venido, no entraré en ese debate.]

Tu talento no importa, mujer

En el panorama musical hay una cantidad ingente de músicas talentosas que históricamente se han visto relegadas a ser coristas del crooner de turno, bailarinas (cómo no) o, con mucha suerte y más recientemente, teloneras del plato fuerte del cartel, invariablemente formado por hombres. A partir de 1990 hubo un auge de mujeres que venían a cantar alto y claro todas sus verdades, mujeres que se negaban a quedarse calladas y buscaban su sitio en la industria. Algunas lo consiguieron, otras terminaron silenciadas. Desde entonces no han dejado de pelear con uñas y dientes, pero los mandamases del tinglado han decidido que sólo puede destacar una. Ahí estuvieron Madonna, Cher, Tina Turner, Whitney Houston… De una en una y sin amontonarse, por favor, señoras. Con que haya una mujer sobresaliendo a nivel internacional y quizá otra a nivel nacional ya se ha cubierto el cupo. Eso es lo que nos quieren hacer creer.

Es por ello que en los carteles de los grandes festivales de música sigue habiendo muchos más músicos que músicas y que las grandes compañías discográficas representan a más hombres que mujeres. Ni siquiera se molestan en disimular: no les importamos y no tienen ninguna intención de dejarnos destacar en un mundo de hombres. No importa lo mediocres que sean esos hombres, seguirán copando el espacio y las ondas. O no. Porque lo bueno de vivir en 2021 es que las artistas pueden hacer llegar su música a través de plataformas, webs, redes; que pueden vender sus discos en formato digital y/o apoyarse en los mecenas para producirlos. Subirse a los escenarios ya es otro cantar, pero no tengo ninguna duda de que acabarán consiguiéndolo, que llegará el día en que el cartel de cada sala y cada macro evento esté formado, al menos, por un 50% de mujeres. Por el momento, los últimos datos registrados indican que, como mucho, las músicas ocupan un 48%, aunque hay casos en que no llegan ni al 3%.

Pero no sólo de cantantes se nutre la industria. Hay muchos más puestos de trabajo detrás, de esos que no vemos. Técnicas de sonido, técnicas de luces, representantes, compositoras (no todas cantan lo que componen y viceversa), productoras, escenógrafas, coreógrafas, pirotécnicas, instrumentistas de todo tipo, etc. forma parte de este negocio, en el que el 70% de las mujeres cobra menos del sueldo medio de los hombres. No puedo decir que me sorprenda.

En el lado positivo de todo este despropósito de industria están plataformas como #MásMúsicas: proyectos creados para mujeres músicas, para darles voz, para permitirles desarrollar su carrera profesional y garantizarles un espacio en el que compartir su arte, la visibilidad que no tienen y la igualdad de oportunidades que debería ser una realidad, pero todavía no lo es. A pesar de lo complicado que es ser mujer en una industria que te utiliza, que abusa de ti (en todos los aspectos), que te quiere manejar cual marioneta y olvidarte cuando ya no puede seguir exprimiéndote, no pierdo la esperanza. Juntas, unidas, de la mano podemos cambiar el mundo. Como admiradora de artistas y creadoras aporto mi granito de arena escuchando música creada por mujeres, comprando directamente en sus webs o plataformas, colaborando en sus proyectos de mecenazgo, acudiendo a sus conciertos. Y compartiendo sus historias. Gracias por hacer lo que hacéis. La música es cultura.

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